Soñar. Es una de las cosas que más me gusta hacer. A veces me imagino un lugar especial en el que pueda ser yo misma, como yo quiera, hacer lo que yo quiera. Un lugar perfecto.
Una gran casa de madera, decorada a mi estilo reformista y despreocupado. Las paredes llenas de garabatos de colores, citas, dibujos, piedras de todo tipo. Cortinas de colores y abalorios. Olores infinitos. Ventanas azules, al igual que el tejado y que el mar que se ve al fondo. Rodeada por un bosque. Llena de lianas, tirolinas y barras, para facilitar la huída si alguien me encuentra. Una casa perdida. Pero eso es lo de menos. El gran bosque que se extiende a los lados guarda miles de secretos, leyendas y aventuras. Un bosque mágico, en el que las hadas pintan las flores y hacen aparecer los frutos de los árboles; un bosque en el que la música no para de sonar. La brisa marina golpea constantemente las ramas de los eucaliptos, enredándose en mi pelo, haciendo caracoles.
Lo de andar descalza sería una regla, al igual que las colecciones de conchas. Sólo libros como entretenimiento, y un piano de cola sin usar. Música y letras se enredan en mi pelo y en mi cabeza como las ramas de los árboles. Mientras canto y corro por la arena mi vestido blanco se agita al viento incesantemente, mi largo pelo me sigue como mi sombra, y se ríe al ver a los cangrejos que me observan asustados.
Solo falta algo. Faltas tú. Ningún lugar puede ser perfecto si tú no estás conmigo. Tú serías quien me abrazara por la espalda cada vez que me siento en el césped sola. Tú serías la más dulce de las drogas que me harían sobrevivir allí. Serías mi máquina de besos. Mi rincón favorito. Mi parte favorita del mundo. El lápiz que pinta mis sonrisas. Tú serías ese ingrediente que tanto me gusta, y que si falta, todo sabe mal.

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