29 mar 2013

T.

Ser feliz trae consigo el miedo de no volver a serlo jamás. Quizás esto sea porque no lo hemos sido nunca, porque no nos lo creamos, o simplemente porque no queremos que se acabe esa sensación de paz con todo el universo en general. Si tenemos miedo, podemos seguir siendo felices o no. El miedo es algo normal, pero horrible. Y si nos paramos a pensar en ese miedo, en cómo se ha desarrollado en nuestro cerebro, estaríamos pensando cosas que no nos gustan. No todo lo que pensamos es beneficioso, claro, pero cualquier cosa que pueda alterar nuestra felicidad pasa a un segundo plano, no es "menos beneficioso" o "peor", es totalmente lo contrario. Que sí. Seguramente os ha pasado eso de que notáis el cerebro al revés de un día para otro, el cerebro dando saltos, muerto, hablando.
Y luego... [bah]. Dices, "¿y qué?". Olvídalo, es un juego de niños. El cerebro te engaña, y tú lo engañas a él.

1 mar 2013

¿Qué?

Y te despiertas. Lo primero que notas es el suelo de caoba frío bajo toda la superficie de tu piel que está en contacto con él. Estiras los pies, cierras los ojos, respiras... "Ahhh". Vaya, ¿qué hora es? ¿Qué haces tumbada en el suelo? ¿Y tu ropa? No llevas el reloj en la muñeca, aunque eso no es tan raro. Sientes desnuda toda la espalda, las piernas, el vientre... La ropa interior seguía en su sitio, y también los calcetines desgastados de Nike. [...]
Uau, tu cabeza, te estalla. Te levantas del suelo con cierta rapidez, como indican las consecuencias. Reconoces la pequeña casa de campo de tu padrastro; todo está perfectamente ordenado y limpio, las enciclopedias de la estantería, la mesa de piedra y el juego de té de mamá, el de las lilas, cada uno de los ceniceros, las sillas de satén... Tú pareces desencajar con ese ambiente estirado y exótico. Estás en caos, básicamente. El caso es que te tambaleas hacia la cocina amarrándote a lo que puedes... Vaya, qué pequeño es todo. Agua, necesitas agua, o café... O las dos cosas. Algo, pero rápido. [...] Ya está, ahora podrás pensar. Bien, anoche... Sí, llevabas tu vestido verde el de volantes que te llega por encima de las rodillas, y los únicos zapatos que pegan con él, los de Chanel de mamá, esos que nunca te deja coger pero que al verte con ellos no puede evitar soltar una carcajada. ¡Qué mayor! Dice. El café se ha acabado. Bueno, y además estaba él. Sí, llevabas tanto tiempo sin verle... Ayer fue sábado, qué digo, fue El Sábado. Llevabas esperando ese día algo parecido a toda tu vida. Fue un día especial, no lo dudes. Vaya... ¿y por la noche? Bien, llegaste a casa, sí, con él. Uau, él llevaba esa colonia que te gusta tanto, le quitaste su chaqueta y no sé si fuiste tú o fue la copa de Jack Daniels, pero no parabas de llevarte el cuello de la americana hacia la nariz. Estabas tan guapa... El pelo te caía como una cascada sobre la espalda desnuda, y la boca se te iba a todos lados, y tus ojos a su boca. ¿No te acuerdas? Haz más café y seguimos hablando, pero antes vístete.