Si tuviera que elegir algo con lo que vivir para siempre sería sin ninguna duda la música, por la simple razón de que es una amiga que nunca te abandona y que está ahí, contigo, siempre que la necesitas. Yo la necesito para ser feliz. A veces me gusta escucharla, otras contarle mis cosas, hablar con ella, reírnos... ¿Que cómo hablo con ella? ¿Cómo le cuento cosas? El piano es un teléfono perfecto para estos casos. Ella es la única que sabe escuchar de verdad cada una de las notas que toco, delante de la única que puedo tocar el piano y no sentirme presionada por si lo hago bien o mal, la única que no me obliga subirme a un escenario cada vez que termino un cupo de obras. Me aleja del mundo, me hace entrar en un maravilloso trance, más real que el sueño, pero menos que el mundo que conozco. Hace que vuele sin necesidad de tener alas, hace que mis dedos se deslicen por el piano exactamente como debería ser. Hace que desconecte, y que mire con ojos grandes las teclas y la partitura cuando encuentro una melodía que me haga sentir viva, que me guste.
¿Que la música y yo nos encontráramos? Quizá fue casualidad, quizá fue destino. Ella me ha enseñado a superar mis mayores retos, me ha enseñado a sufrir y a ser feliz, a llorar y a sonreír. Ha hecho que me sienta orgullosa de mí misma, que me supere, que me dé cuenta de que valgo, de que estoy aquí, me ha enseñado a decir "esta soy yo", a pasarme horas y horas delante de un piano, me ha hecho sonreír cada vez que salía de clase satisfecha. Simplemente me ha enseñado a vivir, a sentir que hay algo más importante que tu simple apariencia, y hay una frase que no sé dónde vi, y decía que si la música no te ayuda en los malos momentos, estás perdido.

No hay comentarios:
Publicar un comentario