Cómo odio decir adiós, y sobre todo al tiempo, a un año, a un montón de recuerdos y de primeras veces. Ahora mismo, en casa de mis abuelos, con un trozo de turrón empezando a digerirse en mi estómago, sentada, con frío, pero feliz, me siento como en una gran ola a punto de estrellarse en la playa, en la que si no te das cuenta a tiempo puedes morir estrellado.
Aunque odie despedirme, prefiero hacerlo de una forma más peliculera, como yo. Unas simples palabras, que espero que no me lleven mucho tiempo, son las que van a hacer de compuerta entre los años 2013 y 2014.
Si hablo del 2013 es muy probable que no termine en unos cuantos días, pero para que no nos den las uvas, nunca mejor dicho, voy a intentar ser escueta por una vez. Simplemente tengo en la cabeza un gran "gracias" porque este año ha sido el mejor desde hace mucho tiempo. El comienzo impresionante, el final impresionante, y cada vez estoy más convencida de que los deseos se cumplen y más si los pides en tu cabeza y uno por cada uva, con todas tus fuerzas. Si me pongo a nombrar cosas increíbles de este año os quedaríais dormidos, pero no puedo publicar esto sin mencionar a Álvaro, Irlanda, Bremen, Praga, Arbolar, el verano, todos mis nuevos amigos, el conservatorio, la Escuela de Idiomas del año pasado y de este, y mil cosas más que han pasado en 365 días que se han quedado en nada, en unas pocas horas de película que pondría todos los días de mi vida para recordar unas motas de felicidad que ya se van volando y que no van a volver.
Y luego está el 2014, que no viene diciendo nada especial, todo lo contrario, pero solo puedo confiar y sonreír, pedir mis deseos, pedir lo que tengo para seguir teniéndolo.
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