7 nov 2014

Delante de una gran ventana gris


A veces  me gusta sentarme delante de una gran ventana gris. Su textura, imagen y tamaño son inexplicables. No emite, no refleja luz, es solo una ventana, algo gris, no demasiado gris. No, no es gris. Casi ni es nada. Es una ventana, un hueco que conduce hacia algo, una puerta casi. Y yo me siento, justo en frente, y casi toco el suelo al rozarlo. El suelo sí es gris, gris oscuro. No os voy a mentir, es un sitio triste, ni siquiera sé dónde está ni por qué, pero esa ventana, ese suelo… Alguien tiene que ser partícipe de semejante caos. Sin embargo, este desorden cromático y lúgubre crea una atmósfera única y muy difícilmente imitable, que ocupa toda la habitación, y lo que es más impresionante aún, satura mi mente, la empapa. Una atmósfera etérea y sutil, y a la vez pesada, aplastante, ruidosa, compuesta de paz y de cientos de años, cientos de personas. El conocimiento alcanza un grado de degradación imposible, mezclando números, arte y cuerpos ideales, y la probabilidad se apodera del mundo, la imaginación desbocada recae sobre la realidad como un bloque de hierro, muy despacio, en silencio. Un silencio que habla de las manchas de aceite en el motor del metro, del libro que nunca fue escrito, de las estrellas que no vemos, incluso de las patas de las moscas, de la historia que no conocimos y que no llegaremos a conocer. Es un silencio lleno de vida y de cosas por hacer, un silencio que no debe acabar nunca, simplemente ser imitado y destruido. Delante de la ventana, mientras escucho el silencio, puedo cerrar los ojos y empezar a ver por fin.

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