A veces me gusta sentarme delante de una gran ventana
gris. Su textura, imagen y tamaño son inexplicables. No emite, no refleja luz,
es solo una ventana, algo gris, no demasiado gris. No, no es gris. Casi ni es
nada. Es una ventana, un hueco que conduce hacia algo, una puerta casi. Y yo me
siento, justo en frente, y casi toco el suelo al rozarlo. El suelo sí es gris,
gris oscuro. No os voy a mentir, es un sitio triste, ni siquiera sé dónde está
ni por qué, pero esa ventana, ese suelo… Alguien tiene que ser partícipe de
semejante caos. Sin embargo, este desorden cromático y lúgubre crea una
atmósfera única y muy difícilmente imitable, que ocupa toda la habitación, y lo
que es más impresionante aún, satura mi mente, la empapa. Una atmósfera etérea
y sutil, y a la vez pesada, aplastante, ruidosa, compuesta de paz y de cientos
de años, cientos de personas. El conocimiento alcanza un grado de degradación
imposible, mezclando números, arte y cuerpos ideales, y la probabilidad se apodera
del mundo, la imaginación desbocada recae sobre la realidad como un bloque de
hierro, muy despacio, en silencio. Un silencio que habla de las manchas de aceite
en el motor del metro, del libro que nunca fue escrito, de las estrellas que no
vemos, incluso de las patas de las moscas, de la historia que no conocimos y
que no llegaremos a conocer. Es un silencio lleno de vida y de cosas por hacer,
un silencio que no debe acabar nunca, simplemente ser imitado y destruido.
Delante de la ventana, mientras escucho el silencio, puedo cerrar los ojos y
empezar a ver por fin.
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